Al Ser supremo, y que se ría con piedad de todos nosotros.
Una vez, para cuando un mañana fuera demasiado tarde, Anastasia se levantó de su cama con la determinación de morir por amor, por locura, por estupidez, o por lo que fuera y ella jamás pudiera ciertamente comprender.
Según la interpretación del Apocalipsis de San Juan que le daban algunos teólogos e intelectuales religiosos al último libro de la Biblia, el fin del mundo estaba cerca, muy cerca; que Dios empezaría ya el Juicio final de un momento para otro y que todas las señales lo declaraban a gritos así: los tsunamis, las guerras, la globalización, el terrorismo, la bestia apocalíptica gobernando la nación más poderosa del mundo y el negrito con buenas intenciones que lo sucedió, las herejías, los falsos profetas, la maldad del hombre. “¿Acaso no son todas estas las señales del Señor?”, se decía todo el mundo… y entre ellos Anastasia.
“¡El fin absoluto será el siguiente año!”, aseguraban algunos. “El otro mes… la otra semana… el martes… mañana… ¡hoy!”, apostaban otros más pesimistas.
Y por aquellos tiempos hubo alguien quien decía ser el Hombre, el Hijo, el Único, el que faltaba por venir, el que hacía dos mil años había prometido regresar; sí, el mismo, La Salvación del mundo, la Voz suprema de Dios y ahora su máxima autoridad sobre la tierra. Se hacía llamar el Nuevo Jesucristo. ¿Acaso sería él el tan esperado, el que en cualquier momento vendría sin previo aviso? Sí, para todos sí era él, porque hubo alguien que por primera vez creyó en él y convenció a otro para que también lo hiciera. Como toda masa, tuvo origen en alguien con una idea y en alguien más de acuerdo con ella.
De esa forma la masa que creía en el Nuevo Jesucristo fue aumentando, adhiriéndose a ella cada vez más, y más, y más gente; hombres y mujeres, jóvenes y viejos, muchos de ellos provenientes de otras grandes masas, y muchos otros sin tener hasta entonces ni una sola suposición o interrogante del porqué de la existencia… y también Anastasia. El Nuevo Jesucristo viajaba por todo el mundo y convocaba a las multitudes a escuchar sus sermones y enseñanzas, llevando el mensaje de arrepentimiento y perdón a todas las naciones. Y una vez alguien le preguntó: “¿Cuándo llegará el Omega, Maestro? Hace dos mil años dijiste que sólo nuestro Padre lo sabía. ¿Te lo habrá dicho ya el Ser supremo?”. Entonces el que se hacía llamar el Hijo de Dios respondió: “Sí, ya me lo ha dicho, y os digo que será pronto. ¡En cualquier día anunciaré el último día de este mundo pecador!”. Y agregó: “Y de cierto os digo, que en ese día último, la última hembra en morir sobre esta tierra de pecado, será La Elegida: mujer mía, mujer de mi Padre, mujer de todos vosotros y vosotras, y quien nos ayudará a mi padre y a mí junto a mi Santísima Madre a gobernar el Nuevo cielo y la Nueva tierra”. Y además adelantó que ese día toda la tierra permanecería en tinieblas y que sería un mismo día y una misma noche para todo el planeta: que si en Tokio eran las siete de la mañana, también lo sería en Nueva York; y que si en Alejandría eran las diez de la noche, también lo sería en Buenos Aires.
Al día siguiente todos los medios de comunicación daban fe de la profecía del Nuevo Jesucristo: “¿Quién será La Elegida?”, “¿Quién será la última mujer en morir?”; y todas las mujeres deseando ser esa última… y entre ellas, entre toda esa masa que se originó con la idea de alguien avalada por otro individuo, también Anastasia.
Ahora, luego de que la masa creyente en el Nuevo Jesucristo llegara a crecer tanto hasta formar un monopolio casi absoluto de la fe mundial, un noventa y nueve por ciento de las mujeres “racionales” del planeta, y entre ellas también Anastasia, esperaban ansiosamente el día final, el último día de todos antes del fin. Hasta que una noche, cuando nadie se lo esperaba, el Nuevo Jesucristo lo declaró, haciendo que nuevamente todos los medios de comunicación dieran fe de lo dicho y logrando que en todo el mundo resonaran sus palabras: “Mañana será el día último, porque a partir de mañana, jamás habrá otro mañana”.
Entonces fue al día siguiente cuando Anastasia se levantó de su cama dispuesta a morir por amor, por locura, por estupidez, o por lo que fuera y ella jamás comprendería ciertamente. “¡Qué emoción!”. A sus veinticinco años de vida, estaba segura de ser la mujer que pasaría a ser parte de la historia, segura de ser el último acontecimiento de este planeta: La Elegida. Aún no le había contado a nadie sus planes, pero estaba segura que sus padres, hermanos, familia, amigos y prometido estarían orgullosos de ella cuando todo se acabara. ¡La Elegida! ¡Nada más y nada menos! Desde hacía mucho tiempo tenía una soga especial para la ocasión que colgaría de la rama de un árbol de aguacate en el patio trasero de su casa. No tenía el valor, el coraje o la valentía de suicidarse de cualquier otra forma. “Ahorcarse ha de ser placentero cuando se hace por amor al Padre y al Nuevo Jesucristo”.
A diferencia de ella, al menos un cincuenta y cinco por ciento de la población femenina mundial se suicidó antes de la hora veintitrés de ese día, creyendo ingenuamente que serían la última en morir. Otro diez por ciento desertó en su intento de ser La Elegida. El otro treinta y cuatro por ciento de las mujeres esperó, “inteligentemente”, los últimos minutos de la hora número veintitrés para hacerlo… entre ellas Anastasia. El uno por ciento restante estaba comprendido por mujeres de lugares remotos que jamás escucharon del Nuevo Jesucristo y de la profecía acerca de La Elegida.
Anastasia se ahorcó luego de haber esperado hasta el último minuto del día final para meter su cabeza en el nudo de la soga colgada de la rama del árbol de aguacate en el patio trasero de su casa, en unos cuantos segundos había quedado inconsciente. ¿Moriría feliz? Seguramente. Y en efecto, de las mujeres que formaban parte de la masa que creía en el Nuevo Jesucristo, fue la última en perecer; pero jamás sería La Elegida. Hubo una niña, comprendida entre el uno por ciento ignorante, que murió de hambre ese mismo día, en Zambia, a las veintitrés horas, cincuenta y nueve minutos y cincuenta y ocho segundos (dos segundos después que Anastasia). Esa niña sería quien se quedara con el título de La Elegida, pero el Nuevo Jesucristo resultó siendo un farsante, uno más de muchos que faltarían por venir; y el mundo no llegó a su fin sino hasta tres mil seiscientos cuarenta y nueve millones, novecientos noventa y nueve mil seiscientos treinta y siete días después, sin contar cada veintinueve de febrero, ni los días de eclipse solar, ni los días en que el tiempo era el mismo para todo el mundo, ni los días en que alguien se ahorcaba felizmente por amor, locura, estupidez, o cualquier otra cosa que no pudiera ciertamente comprender, ni los días en que alguien moría de hambre a dos segundos de un siguiente día.