En más de una ocasión he escuchado que la obra completa de Augusto Monterroso, en la que se pueden encontrar, no solo una vasta cantidad de relatos cortos sino también una muy variada colección de ensayos, ha sido eternamente eclipsada por la fama y la popularidad del cuento El dinosaurio, siendo este, acaso, una maldición que ha perseguido y continúa persiguiendo a su autor aún después de su muerte, restando significativa relevancia al resto de su obra. Y en realidad no puede ser para menos: a más de medio siglo de sacar a la luz El dinosaurio, su hazaña no ha vuelto a ser igualada. Tendrá que venir alguien a escribir un cuento de seis palabras o menos para que Monterroso ya no sea referente del relato más corto de la Literatura Universal, y para que el Dinosaurio y la memoria de su creador puedan por fin descansar en paz.
Sin embargo, durante todo este tiempo, mientras todo el mundo hablaba del Dinosaurio que era elogiado y amado al mismo tiempo que aparecía descuartizado en muchos pedazos por una gran cantidad de estudios lingüísticos, estéticos y gramaticales dispersos en un sinnúmero de tesis y ensayos; su creador, despreocupado del resultado que pudieran tener todas estas biopsias literarias, prefería mejor seguir escribiendo. Y fue así como a través de los años fueron saliendo a la luz sus obras de ensayos, tales como Viaje al centro de la fábula (1981), La palabra mágica (1983), o La letra e (1987), entre otros.
Aunque algunas de estas obras pueden llegar a ser difíciles de clasificar dentro de un género preciso y tienden más a la reflexión literaria, no exentan de creatividad y fantasía. Para Monterroso, el ensayo nunca fue un género que precisara de medidas estéticas o estructurales establecidas. Esta característica es algo que fácilmente se puede percibir a medida en que uno se va sumergiendo por las obras en las que él cultiva este género, y que sin duda también marca un sello muy particular en su estilo. Terminé por confirmar todo esto de manera espléndida una tarde en que me encontraba leyendo una de estas obras (Literatura y vida, 2001) en la tranquilidad de la biblioteca de mi universidad, y llegué al ensayo titulado Cervantes ensayista, en donde me encontré con la definición más sencilla, acertada y magnífica de lo que, precisamente, es y no es un ensayo:
..ni una tesis científica ni ninguna investigación encaminada a demostrar algo con lo que su autor accederá a tal o cual grado académico; o de aclaraciones, para dejar bien establecido que se trata de un género literario y no de simples intentos (…) Ensayo, sabe usted, es un texto más o menos breve, muy libre, de preferencia en primera persona, sobre cualquier cosa o acerca de equis costumbre o extravagancia de uno mismo o de los demás, escrito en todo aparentemente serio pero idealmente en un vago y ligero humor y, de ser posible, en forma irónica, y preferible si autoirónca, sin el menor afán de afirmar nada concluyente; y si de lo expresado en él se desprende cierta melancolía o determinado escepticismo respecto del destino humano; y si una disgresión de desliza aquí o allá, mejor que mejor, pues la libertad de pasar de un punto a otro sin excusas ni rebuscamientos, y de hasta interrumpirse y olvidarse (o hacer como que uno se olvida) de por dónde va, puede ser lo que venga a dar al ensayo ese encanto parecido al que se desprende de una conversación inteligente; recurriendo a citas falsas, verdaderas o equivocadas, o invocando a amigos o a señoras de sociedad que puedan existir en la realidad o no; o declarando incapacidades auténticas o fingidas; y por lo común escrito con un estilo perfecto pero que no se note o incluso que hasta parezca descuidado, o redactado por alguien que está más preocupado por otros asuntos, como quien lo hace para cumplir un requisito que no puede eludir.
Puede llegar a ser difícil creer -o talvez no tanto- que la definición anterior provenga de alguien que un día salió al exilio llevando consigo bajo el brazo, como única pertenencia y tesoro más valioso, una edición de los Ensayos Completos de Montaigne. Lo cierto es que el fragmento anterior, aparte de ayudarnos a comprender mejor la razón del particular estilo de este autor, representa además la definición más exacta que pueda existir sobre este género literario, pero con la belleza que jamás logrará tener ninguna Teoría de la Literatura.
Una vez conocí a Monterroso como casi todo el mundo lo conoció por primera vez: me lo presentó el Dinosaurio. Pero con el tiempo empecé a leer sus ensayos, y entonces pude estar seguro de que su nombre hubiera logrado marcar un hito en la Literatura aún sin ser necesaria la intervención del cuento más corto que jamás se haya escrito.





I. Sobre amar a Grushegnka
Un día mientras exploraba la obra artística de Marcel Duchamp tuve la mala suerte (para mi gran decepción) de encontrarme con esta Rueda de bicicleta (1913). No sé cómo describir lo que sentí en ese momento. De hecho, no sé en realidad llegué a sentir algo o simplemente no sentí nada. Porque qué otra cosa puede llegar a sentir uno al ver algo como esto: un banco de madera y encima de él una rueda de bicicleta.
Imagínense estar presente en la basílica de San Pedro en el Vaticano y estar a menos de un metro de distancia de La pietá, de Miguel Ángel. Aún más que eso, imagínense poder recorrerla en todas sus líneas y relieves con la yema de sus dedos: poder tocar el rostro jovial de María, contornear su naríz, rozar sus labios con la yema del pulgar, pasar la palma de la mano por la casi perfecta anatomía de Jesucristo; palpar la barba de su rostro desvanecido, sus tendones y ligamentos, sus costillas sobreexpuestas, todas sus heridas, y cada dedo de su mano caida. Sería grandioso, ¿no?